jueves, 22 de diciembre de 2016

BESOS Y LLUVIA, CAP. IV

     Paula se desangraba por dentro. Habían pasado nueve meses desde que Elena se había ido de su vida sin más explicación que una nota, tan vacía de contenido como el alma de Paula desde su marcha. Las horas en el bar se hacían eternas. Se levantaba por las mañanas casi de forma mecánica, se iba al trabajo sin desayunar y así comenzaba su rutina. Y todos los días eran iguales, porque todos los días le faltaba Elena. Faltaba con su café solo en el bar, faltaba por las tardes al salir del trabajo y al ir a buscarla para merendar tortitas, faltaba en su casa y en su cama. A Paula le faltaba Elena. Esa Elena coqueta que le cambiaba el maquillaje de sitio, la misma que había dormido a pierna suelta después de haber tenido un sexo desenfrenado y apasionado. Paula añoraba sus manos, sus mejillas sonrosadas por el frío, sus labios de cereza y su melena de azabache. Echaba de menos su cuerpo y su olor. La quería. Había empezado a quererla desde la primera vez que entró en su bar. La quería sin miedos, por encima de todas las cosas, la quería tanto que le dolía, pero ella se había ido.
De pronto, Paula se sintió despechada. Despechada, dolida, humillada, ofendida y ridiculizada. Le había dado todo y Elena se lo había tirado a la cara. Comenzó a pensar que Elena la había utilizado para follar a su antojo, y que nunca la había querido. Paula empezó a respirar cada vez más rápido. Sentía una rabia interior difícil de controlar. De un manotazo, lanzó una hilera de vasos de pinta al suelo provocando un ruido estruendoso. El bar aún estaba cerrado al público pero Carlos, el camarero salió de la trastienda corriendo, gritando el nombre de Paula.
-¿Estás bien?,- preguntó Carlos cogiéndola de un hombro.
-Deberías irte a casa o cogerte unos días libres Paula, esto ya es demasiado,- dijo Carlos mientras recogía los trozos grandes de cristales del suelo intentando no pisarlos. -No estás bien y lo sabes.
-Ninguna zorra me mangonea y luego se pira como si nada...- El comentario se escapó de los labios de Paula casi quemándole la boca, escupiéndolo entre dientes.
-Yo no la he nombrado, eso demuestra mi diagnóstico; no estás bien. Llevas mal muchos meses y no puedes seguir así.- Carlos hacía el papel de hermano mayor, como de costumbre. Cuidaba de Paula con el mimo de una madre y la aconsejaba con el cariño de un amigo. Paula contestó tajante y seca.
-Yo decido cuando necesito vacaciones. Cuando termines de recoger eso cambia el barril de Guinnes, ayer no nos dio tiempo.

     El resto del día casi no hablaron, limitaron su comunicación estrictamente a asuntos hosteleros, no había necesidad de cruzar más palabras. Y en algún momento de la noche de aquel viernes en el que la tensión se cortaba con una tijera, hizo su aparición en el bar la única persona capaz de remover las entrañas de Paula,.... Felipe. Su primer novio y con el que descubrió que tenía que salir del armario. Hacía más de un año que no lo veía; siempre fueron amigos, desde niños, y Felipe siempre había sentido una atracción sexual por Paula de esas que solo se pasan sucumbiendo. De pronto en la mente de Paula solo había dos palabras; sexo hetero. Durante un segundo le dio una medio arcada. Perdió su virginidad con Felipe pero aquello fue en la adolescencia. Sin embargo, el recuerdo de Elena estaba allí presente, en su mente, en su corazón y entre sus piernas. Estaba rabiosa y despechada. Elena la había utilizado como un pañuelo de usar y tirar. Y entonces Paula volvió a tener diecisiete años. Se acercó a Felipe y lo saludó con dos sonoros besos en la mejilla, mientras le ofrecía algo de beber. Felipe era uno de esos tíos con fama de empotrador, que no era extremadamente guapo pero que sin embargo, poseía un atractivo irresistible. Había roto muchas bragas por ahí y algún que otro corazoncito. Y no hubo más que decir. Paula y Felipe flirtearon toda la noche y llegado el momento del cierre se quedaron solos. Se leyeron las mentes, como los buenos amigos que se conocen bien.
-¿Desde cuándo te has vuelto hetero?- Felipe hizo la pregunta terriblemente cerca del oído de Paula.
-Hoy me apetece otra cosa,... Y a ti también...- Paula comenzó a tocarlo. pero no era creíble, a ella le gustaban las mujeres.  Pero cuando pensó que aquello era una estupidez hormonal guiada por el despecho, Felipe la cogió en volandas y la sentó sobre la barra del bar. No hubo más que decir. Cuando se dio cuenta, Paula estaba sin camiseta y Felipe hacía lo propio, y dos minutos después estaban en el suelo. Y allí, con lágrimas ahogadas, Paula se dejó penetrar salvajemente y una esquirla perdida de cristal se clavó en su espalda. Mientras tanto, fuera, bajo la lluvia, Elena miraba a través de la ventana, con el pelo chorreando, empapada y sin entender nada...

                     
                                       Juls, 22 de diciembre de 2016

jueves, 8 de diciembre de 2016

BESOS Y LLUVIA, CAP. III

     Paula usaba unas gafas de pasta graduadas, de esas negras estilo setentero. Se le resbalaban sobre la nariz sin remedio, obligándola a empujarlas hacia arriba a cada rato. Llevaba unos días con la vista cansada y era porque no usaba las gafas lo suficiente. Después de estar un rato largo en el ordenador se las quitó y se frotó los ojos. Miró hacia atrás y vio a Elena dormida sobre el sofá, con el mando de la tele en una mano y en la otra un pañuelo. Tenía un catarro de esos que parecen no terminar nunca y que la hacían dormir con la boca abierta porque no podía respirar por la nariz. Paula se acercó y la tapó con una manta. Le tocó los pies,.... Helados. Paula sonrió para sus adentros pensando que el día que los tuviera calientes repicarían todas las campanas del pueblo. Pensó en despertarla y llevarla a la cama pero le daba pena sacarla del calorcito del sofá. Se limitó a dejarla ahí y se fue a la cama. 
Fuera llovía con dureza. De hecho, llevaba lloviendo prácticamente toda la semana y no tenía de pinta de parar. Se metió en la cama sintiendo el olor de las sábanas limpias y se acurrucó bajo el nórdico quedándose dormida. Entonces, en medio del sopor de sentirse agustito, algo rompió su tranquilidad. Era Elena, empapada. Paula quiso darse la vuelta pero Elena no la dejó. 
-No te muevas... ¿Recuerdas cuando nos conocimos? Llovía..... -susurró Elena a su oído. 
Paula estaba estaba sorprendida,... La había dejado profundamente dormida en el sofá y una hora después estaba sobre su espalda, a horcajadas, mojadísima, moviéndose contra sus nalgas y acariciando su nuca y su cuello. 
-¿Podrías explicarme por que estás así de empapada? -preguntó Paula.
- Tienes un gato que está mal de la cabeza. Le gusta escaparse y salir bajo la lluvia y que yo tenga que ir detrás de el sólo porque me da pena verlo maullar chorreando.- Willy era el gato de Paula. Un gato pardo gordo y sobable, muy cariñoso, que no entendía que no se podía salir cuando llovía. 
-Jajajajajaja, ¿Has salido a buscar a Willy?.... Yo lo habría dejado ahí, para que aprenda. -Dijo Paula riéndose. ¿Y por dónde ha salido?,....
Pero Elena no prestaba ninguna atención a Paula, sólo se concentraba en tocarla, en besar su espalda, en provocarla. Paula notaba caer gotas del pelo de Elena sobre ella; sentía el contraste de temperatura sobre ella. La piel fría de Elena, su pelo mojado y el calor de sus muslos. Elena se balanceaba sobre su culo hundiendo sus manos entre el colchón y el pecho de Paula. Se perdía en la melena pelirroja de su víctima gimiendo. 
-Recuerdo tu boca, besarnos bajo la lluvia, meternos mano,... -Paula contestó así a la pregunta de Elena. 
-No voy a besarte, solo recuerda, y lo demás,... lo vamos viendo,... -Elena dijo aquello mientras introducía una mano en el interior de las bragas de Paula. Quería darse la vuelta, colocarse boca arriba pero Elena no la dejaba. Willy miraba desde la puerta de la habitación. Sus respiraciones agitadas y sus gemidos se perdían entre las bigas de madera del techo de la casa de Paula.
     Ya por la mañana, Elena se había ido. Paula se levantó de la cama y en su camino al baño encontró una nota de Elena. "Lo siento mucho, muchísimo, pero aunque estoy absolutamente perdida en ti,... no puedo continuar con esto"... Paula se quedó muda con el papel en la mano, apoyada sobre la pared del pasillo. De pronto sintió un frío estremecedor que le recorrió todo el cuerpo. Ella no se había dado cuenta pero fuera, en contra de todo pronóstico, había dejado de llover.

sábado, 26 de noviembre de 2016

NARANJA...

     Ella se marcha y me deja ahí, con todo el calentón. Y apareces tú, mi rubia. Pero qué mal me tratas, con lo que tú y yo somos. Me agarras las manos y con un golpe seco algo brusco, me empujas contra la pared. Buscas lo mismo que ella pero tú quieres ir más allá. Presumes de delicadeza, y delicadeza es precisamente lo que brilla por su ausencia. Me inmovilizas las manos y me besas con ansia. Por alguna razón no me resisto ni intento zafarme de allí. Como eres tú, es como si supiera que no me va a pasar nada. Hundes la cara en mi cuello; me hueles, me lames lenta y decididamente. Y yo huelo esa colonia tuya que cuando la llevas todo lo impregna pero que me encanta. Liberas una de mis manos porque el cuello ya no te sirve, te sabe a poco y empiezas a buscar nuevos horizontes. Sigo sin resistirme... No me gusta,... Nada....... No me gusta porque en realidad me encanta y no quiero que acabe. Venga, lo reconozco. Me metes mano debajo de la camiseta, me la subes pero no me la quitas. Te deleitas con esa parte de mi cuerpo que a mí me gusta tan poco. Sueltas mi otra mano y la dejo caer pero no hago nada. No me muevo, no protesto, solo te miro,...... Me pegas a ti con cierta brusquedad hurgando en mis pantalones. Me dices algo pero no te entiendo. Ni te entiendo, ni te oigo. Solo siento tus dedos allí donde quiero sentirlos en ese momento. Nada más. Y me voy dejando ir. Y me voy. Me voy con la misma intensidad con la que me empotras contra la pared. Y no quiero que se acabe....
No eres nada delicada,.....


                                    Juls, 26 de noviembre de 2016
    

lunes, 7 de noviembre de 2016

BRUTA

     Hoy nos hemos vuelto a ver. Pero yo he vuelto a soñar contigo. Uno de esos sueños tórridos y calientes en los que te corres de forma intensa y abrasadora, y al despertar, vuelves a cerrar los ojos para ver si puedes seguir soñando lo mismo. He vuelto a soñar contigo y hoy cuando te he visto, no sabía ni como mirarte a la cara. Me daba vergüenza. Me he debido de poner hasta colorada. Ha habido un momento en el que me has rozado la mano y me he puesto muy nerviosa. No somos novios, solo dos amigos con un grupo de amistades en común. Pero yo sueño contigo y lo que sueño me pone muy bruta. Sí. Bruta. Tú y yo no somos nada pero en mis sueños follamos de forma casi salvaje, irrumpiendo bruscamente en el espacio vital del otro. Te quito los pantalones sin darte tiempo a pensar mucho más, y cuando me doy cuenta estoy a horcajadas sobre ti, enganchada en una danza de caderas. Me aprietas fuertemente las nalgas buscando rapidez en el movimiento. Y me corro. Y después te corres tú. Pero queremos más y entonces nos dedicamos a jugar con las manos aquí y allá. El despertador. El puto despertador que me saca de los mejorcito de la noche. Cómo habrá sido el sueño que me levanto húmeda y con ganas de terminar lo que tus manos habían empezado, con la diferencia de que yo lo termino con la ducha. Una hora más tarde te veo y no me atrevo a mirarte a la cara por vergüenza. Si supieras lo que hacemos en mis sueños,..... Tú tampoco me mirarías..... Sólo me buscarías,....


                                 Juls, 8 de noviembre de 2016

jueves, 20 de octubre de 2016

CUATRO, CINCO O SEIS

     Estábamos desnudos en la cama. Fuera hacía demasiado frío pero nosotros aún nos estábamos recuperando del último orgasmo y sudábamos. Después de unos cuantos arrumacos noté que seguíamos estando cachondos como monas.
-Te propongo algo,- le dije. -Te propongo que juguemos a vestirnos, yo te visto a ti y tú a mí.
-¿Que nos vistamos mutuamente? Pero si yo lo que quiero es que nos quedemos así, a la fresca,....- Soltó una carcajada tremenda.
-A veces la insinuación provoca más que la mera desnudez. Hagámoslo. Será divertido. Saca los dados del parchís. Si yo saco uno, dos o tres, te coloco una prenda, si tú sacas cuatro, cinco o seis, me la colocas tú a mí.-
Se fue a por un dado y nos colocamos de pie junto a una mesa. Desnudos.
-¿Quién empieza?- preguntó.
-Yo misma.
Tiré el dado y salió un tres. Dudé sobre qué ponerle primero y pensé, que lo normal era el calzoncillo. Lo cogí y se lo metí por los pies, lo fui subiendo hasta que quedó puesto. No parecía tan mala idea después de todo esto de vestir al otro. Él me miró con una sonrisilla pícara. Su turno. Un seis.
-Este juego es interesante pero las mujeres siempre lleváis más prendas que un tío. ¿Aquí quién gana? ¿El primero que esté vestido entero?- Hablaba mientras decidía qué prenda ponerme primero, y se decidió por el sujetador. Me lo puso y me dio la vuelta para abrocharlo.
-En el del medio, por favor,- dije.
     Al ponérmelo me acarició la espalda. Era muy morboso sentir su aliento detrás de mí colocándome el sujetador. Un sujetador que él mismo me había regalado.
Misteriosamente, el dado fue muy generoso con él. Todos los números jugaban a su favor. Después de haberme puesto el sujetador y la blusa, quiso ponerme las medias. Eran unas medias de liga, con encaje, de esas que llevan una banda de silicona para pegarse a la piel y así poder prescindir del uso de un liguero.
     Yo estiré mi pierna derecha. Él estaba agachado delante de mí y comenzó a subir la media desde la punta del pie. Lo hacía muy lentamente, como si tuviera miedo a romperla. Me senté en la cama con la pierna estirada para estar más cómoda. A medida que iba subiendo la media se iba recreando con mi pierna. La acariciaba, la besaba, la lamía,... Aquello erizaba el bello de mi espalda y sentí un escalofrío. Cuando llegó a la altura de la rodilla yo ya esta con las piernas entreabiertas. Con una mano detuvo el ascenso de la media y con la otra me tocaba el muslo. En una de esas idas y venidas puso su mano sobre mi sexo. Yo la sentí caliente y ahogué un gemido. Sólo había puesto la mano, no había hecho ningún movimiento y fue sencillamente más excitante que cualquier otro gesto. Continuó subiendo la media que se había enrollado. La media llegó al muslo y él la estiró con sumo cuidado ajustándola. Después comenzó a besar la pierna de nuevo. Las dos piernas. Besaba y apretaba allí donde ponía las manos. Y con su boca lamiendo mi sexo y a medio vestir me dejé llevar en una espiral de sexo oral y de intensos orgasmos. La insinuación provoca más que la mera desnudez. Lo que podía llegar a dar de sí una media,....
     Ya por la mañana, y vestida, mientras él dormía, yo cogí el dado y me lo guardé en el bolso, colocando otro dado diferente en el parchís. El dado que me había guardado estaba trucado para dar un poco más de emoción a un inocente juego. Me dio la risa. Cerré la puerta con mucho cuidado para no despertarlo y me fui al bar de enfrente. El sexo me daba hambre y eso no se resolvía con una tirada de dados.
   

viernes, 7 de octubre de 2016

BESOS Y LLUVIA, CAP. II

     A Paula le encantaba despertarse los días de lluvia y sentir el calor de Elena en su cama, tapada hasta arriba con el edredón. Elena era tan friolera en invierno como calurosa en verano, y por ello cada vez que dormían juntas Paula le dejaba un pijama de franela, de esos amorosos. Daba igual el tiempo que hiciera; Elena siempre tenía la piel fría. Ver la lluvia caer por la ventana y acurrucarse junto a Elena, abrazarla por detrás y sentir su respiración tranquila. Ese era el mejor momento del día. Muchas veces la dejaba dormida, roncando, y café hecho en la cocina. Paula pensaba en la suerte que tenía Elena de poder dormir de aquella manera. A ella, sin embargo, le costaba conciliar el sueño, tardaba en encontrar la postura y daba muchas vueltas hasta que conseguía dormirse. Elena por el contrario, según se acostaba, así caía, desnucada. Y como estuviera cansada, casi ni hablaba.
     Paula era muy puntual. Abría el bar a las siete y media en punto para dar el servicio de los desayunos. Era martes, y los martes tocaba recibir proveedores y salir a pagar a Miguel, el panadero que la proveía de aquella bollería variada tan maravillosa. A Paula le entraba la risa tonta siempre que veía los croissants.... Se acordaba de un par de noches en su casa, con Elena, comiendo en la cama, las dos desnudas,.... -El sexo siempre me da hambre,- decía Elena, -deberías tener más de estos por aquí y verás como no me vuelvo a marchar,...- Elena pronunció esas palabras mientras masticaba un bollo buscando los besos de Paula.
     Al final del día Paula estaba agotada. Sólo quería llegar a casa y descalzarse. Tocaron en el cristal de la puerta. -¡Está cerrado!,- gritó Paula, pero al mirar vio a Elena enfundad en una enorme bufanda de color naranja, muerta de frío. Paula fue a abrirla, y cuando lo hizo Elena entró como un remolino.
-Venga, cierra ya, vámonos de cena por ahí, invito yo.- Paula se preguntaba muchas veces de donde sacaba tanta energía trabajando como trabajaba. Estaba tan bonita con el pelo suelto, encrespado por la lluvia, olía tan bien,... Entonces, Paula la tomó de la mano y se la llevó a la trastienda. Comenzó a besarla sin mediar palabra alguna, buscaba su lengua con desesperación. La besaba y le iba quitando las muchas capas de ropa que llevaba. Cogió uno de los extremos de la larguísima bufanda tirando por ella. Elena daba vueltas sobre sí misma para salir de la prenda, como la famosa escena de Shakespeare in love, en la que Joseph Fines le quita la venda que cubre el busto de Gwyneth Paltrow para ocultar sus pechos y fingir ser un hombre. Paula se dio cuenta de lo sensual que podía llegar a ser aquella bufanda. Entre besos, lenguas cruzadas y manos busconas, Paula y Elena follaban con desenfreno en el suelo de la trastienda empujando las cajas de cerveza. Los botellines tintineaban y se convertían en el coro de las dos solistas gimiendo. Elena lamía la entrepierna de Paula sin ningún tipo de delicadeza, estaban demasiado calientes para andarse con miramientos. Paula sólo podía susurrar el nombre de Elena. Y el orgasmo atravesó a Paula provocando que levantara las caderas, y entonces Elena colocó la mano de Paula en sus partes,.... Lo que vino después fueron más tintineos de botellines de cerveza.
-¿A ti te parece normal que yo tenga que tener el culo helado sólo porque en vez de ir a cenar, lo que te apetece es follar de mala manera aquí en el suelo?- Elena hizo la pregunta con cierta sorna, tumbada sobre Paula, mientras esta acariciaba sus nalgas frías.
-¿Quién te ha dicho que no vamos a cenar? Hemos empezado por el postre, ahora podemos ir donde quieras y comerte uno de esos platos de comida basura que te gustan tanto,....- dijo Paula.
-Pues devuélveme mis bragas y mi bufanda, y el resto,....... ya lo vamos viendo,....- Elena se estiró queriendo coger su ropa. Paula la miró sonriendo y dijo; -Te devuelvo sólo la bufanda,....... las bragas,......... Ya lo vamos viendo,......


                              Juls, 8 de octubre de 2016

domingo, 2 de octubre de 2016

LA MUJER DEL CÉSAR

     Qué poderosa es aquella mujer que con sólo la mera insinuación se muestra toda ella. Poderosas las caderas que se contonean al compás de altísimos tacones, llenando de curvas el espacio. Pechos turgentes que rebotan ligeramente al andar sin perder la elegancia. Mirada llena de seguridad delineada con rímel. Oh, sí, aquí sí que hay poder. Un 'casi' es más poderoso que un 'todo'. De siempre, de toda la vida. Esas son las mujeres que le gustan a Sergio; las que con un 'casi' son capaces de volverlo loco. Las que son capaces de que te mates a pajas porque sabes que no se dejarán tocar jamás y que sin embargo te mueres por follar con ellas. Las que son señoras en la calle y putas en la cama. Las que tienen clase hasta para correrse. Las que después del sexo se visten con la misma elegancia y tranquilidad, y diez minutos antes estaban asalvajadas  pidiendo a gritos un 'dame más fuerte'. Las que te follan y se marchan porque tienen cosas mejores que hacer. Qué poderosa es la insinuación en una mujer y cuánto le gustaba eso a Sergio. Qué poderosa aquélla que conseguía que te mataras a pajas...

                                               Juls, 3 de octubre de 2016

domingo, 25 de septiembre de 2016

sábado, 24 de septiembre de 2016

SILLÓN OREJERO

     A veces pienso en ti. No puedo evitarlo. Escucho esa canción o veo aquella película por cuarta vez y me acuerdo de ti. Te pienso por lo que pudo ser y no fue. Te pienso con mi mente, con mis piernas y mis manos. Llego muy cansada a casa; me ducho y me pongo un culote y una camiseta. Comodidad ante todo. Y me siento en mi sillón orejero recién comprado con un cojín de esos amorosos y súper suaves. A veces pienso en ti sentada en mi sillón orejero y me toco mientras lo hago. Muy despacio al principio porque no hay prisa. Me voy recolocando sobre el sillón, abriendo las piernas y colgando una sobre el reposabrazos. Y cuando me doy cuenta el culote está húmedo y es entonces cuando llega la prisa. Y después de la prisa, el ansia. Y tras el ansia, más humedad. Y cuanta más humedad, más ganas. Y cuantas más ganas, más prisa, más ansia y más humedad.... Y cuanto más... de todo, más,..... Gemidos ahogados en el sillón, repantingada sobre el como si me viniera pequeño. A veces te pienso con mi cuerpo... Se me ha caído el cojín.

                                                  Juls, 25 de septiembre de 2016

martes, 20 de septiembre de 2016

HASTA QUE DUELA

     Soy un hombre de ideas fijas, pero cuando te vi me pusiste patas arriba. Desordenaste mi vida y mi cama. Desde aquella noche en el parador, no hay un sólo día en que me levante sin pensar en ti y en tu cuerpo. Fuimos como un puzle en el que la piezas encaban a la perfección. Nos tocarnos como si nos conociéramos de siempre, como si mis manos tuvieran memorizados cada trozo de piel. Como ir al trabajo cada día, y que tus pies te lleven por inercia porque es el camino que han recorrido una y mil veces. A veces me despierto con una erección de esas que no pueden esperar. Pero tú no estás conmigo. ¿Y si sólo nos vemos para follar? Y qué. Qué más da. No somos ni los primeros que lo hacen ni los últimos que lo harán. Pero lo cierto es que estoy enganchado a ti. Una vez al mes en el parador y un 'de vez en cuando' aquí ya no me sirven. Te quiero aquí todos los días. Quiero hacerlo contigo en todas partes, por la mañana, después de comer, antes de cenar, cuando suena el despertador. Cogerte en volandas y que me pidas más... Quiero que lo hagamos hasta que nos duela.
¿Y si sólo nos vemos para follar?....... ¿O vas a ordenar mis ideas?...

                                          Juls, 21 de septiembre de 2016

domingo, 18 de septiembre de 2016

LA CAJA

     No le gustaban las mudanzas; nada. Pero no le quedaba más remedio. En medio del aquel montón de cajas etiquetadas con rotulador gordo había una con el nombre de 'papeles rotos'. Esa caja no era suya, hasta el cartón era distinto. Tendría que llamar a los de la mudanza y decirles que se habían equivocado, y que le habían dejado una caja de otra persona por error. La apartó a un lado, no pesaba demasiado. Continuó colocando cosas y movió tres veces de sitio el sofá hasta que encontró el lugar perfecto.
Cada vez que pasaba cerca de la caja que no era suya la miraba de soslayo. Sentía curiosidad por saber cuál era el contenido. ¿Quién guardaba 'papeles rotos'? Los de la empresa de mudanzas enviarían a alguien a buscarla pero mientras tanto, con el fin de semana de por medio, la caja se quedaría en una esquina de su salón. Pero no pudo resistirse. Aguantó todo el día y finalmente, cogió el cutter, cortó el precinto y la abrió. Al levantar las solapas le vino un olor a viejo. Había varios montones de cartas y tres cuadernos. Ni un sólo papel roto. Cogió los montones de cartas y los ojeó. Se dio cuenta de que estaban colocadas por fechas; por meses, para ser más exactos. El primer montón databa del mes de julio y estaba atado con un lazo azul celeste. Lo desató y comenzó a leer la primera carta. -Puedo cotillear un poco y luego lo vuelvo a guardar todo tal y como estaba, nadie lo notará,- pensó para sí misma. Empezó a leer y sus ojos se abrieron como platos. Al principio aparentaba ser una bonita carta de amor pero el texto iba tomando otro cariz a medida que iba leyendo:
-...quisiera volver a verte desnudo, acercándote muy despacio a mis piernas y poder abrazarte con ellas,...- Cogió el montón de cartas y se fue al sofá para estar más cómoda. Le entró una sonrisilla tonta cual colegiala; y pretendía devolver la caja a su dueño,.... Pues claro que lo haría pero primero las leería. Aquello prometía.
-No veo el momento de contar los lunares de tu espalda,..... desnuda,..... sobre ti,....-
 Cuando terminó de leer la primera carta abrió con ansia la segunda. Estaba claro por el remitente que había una respuesta a la primera.
-Encontré tu pendiente. Estaba en el suelo junto a la mesilla. Prometo tener más cuidado la próxima vez que te quite la ropa, pero es que no podía esperar más,..... Pd: mañana no traigas pendientes, sólo tu perfume y tus ganas.-
Acurrucada en el sofá empezó a sentirse incómoda. Leer aquello era provocarse un calentón a lo tonto. Las descripciones sexuales  eran demasiado explícitas. Siguió leyendo hasta que acabó con los tres montones. Pero aún quedaban tres cuadernos. Se levantó del sofá para cogerlos y seguir leyendo. Los cuadernos recogían juegos eróticos y las caligrafías eran las mismas que las de las cartas. Le dieron las tres de la madrugada leyendo los cuadernos y volviendo a releer algunas de las misivas. En ese momento sentía deseos de tener a un hombre cerca que le hiciera todas aquellas cosas. Pero mira tú por donde, estaba sola porque el último con el que estuvo pasó sin pena ni gloria por su vida. Y allí, en el sofá, rodeada de cajas de mudanza y caliente de deseo sugestionada por aquel contenido epistolar, vio amanecer. A pesar de que era sábado, un chico de la empresa de mudanzas llamó a su puerta y disculpándose por el malentendido, le pidió la caja.
-Oh, lo siento,- dijo ella, -ha sido culpa mía; en realidad la caja era mía pero con tanto lío, todo manga por hombro pensé que era de otra persona. Pero no, es mía,- mintió, -siento haberle hecho venir en balde.- Y cerró la puerta, y con prisa y aún más deseo que por la noche, volvió a su sofá,....... a leer...


                                         Juls, 19 de septiembre de 2016

sábado, 10 de septiembre de 2016

LA PIEL ROZADA

     No puedo esperar a rozarme contigo. Me pone nerviosa pensarme en tu cama con tan solo el aire entre los dos. Me pone nerviosa pensarme encima de ti. No veo el momento de que me toques, de que me tengas,... No veo el momento de que lo hagamos con ansia y con prisa; comernos la boca al compás de tus envestidas, y al terminar reírnos al darnos cuenta de que ni siquiera nos hemos desnudado. No puedo esperar y por eso te busco con miradas furtivas, pasando disimuladamente a tu lado, haciendo como que no te veo pero provocando a tus sentidos. Me pone nerviosa pensar que quiero rozarme contigo y tenerte entre mis muslos, y que al día siguiente sienta mis caderas deliciosamente doloridas,...
Ven,... vamos a rozarnos,...

                                                 Juls, 11 de septiembre de 2016

lunes, 5 de septiembre de 2016

BESOS Y LLUVIA CAP. I

     Elena tomaba su café solo, todas las mañanas antes de ir a trabajar, y Paula se lo servía con ojos brillantes, deseosa de que al ponérselo, hubiera la posibilidad remota de siquiera rozar su mano.
Aquella mañana de invierno, Elena entró en la cafetería como de costumbre pero esta vez pidió un té con limón.
-Tomo demasiado café,- dijo Elena. -Quiero cambiar de hábitos. Paula le sonrió y le puso el té.
-Mientras cambies tus hábitos y no cambies tú, todo está bien. Paula lanzó aquella frase mirándola a los ojos y Elena se sonrojó sin decir nada, se bebió el té y se fue.
          Hacía tanto tiempo que Paula no estaba con nadie que ya casi había olvidado lo que se sentía. En el sofá de su casa se acordaba de Elena entrando en su bar, con su pelo rizado, las mejillas sonrosadas por el frío y aquel abrigo de segunda mano que estilizaba tan perfectamente su figura. Se acordaba mientras se tocaba, y tras haberse corrido, pensaba que no era más que una cliente más de tantas que pasaban por su bar y que no estaba a su alcance.
     Los viernes por la noche el bar se llenaba de gente. Paula y sus camareros curraban a destajo. Entonces, en medio de aquella multitud ruidosa reconoció su melena rizada negra como el ébano y aquellas mejillas sonrosadas. Ojos color miel ahumados con un maquillaje sutil y labios de cereza. Uno de los camareros se acercó a Paula y le dio un codazo.
-Ahí la tienes, radiante,- dijo el camarero. Paula quiso disimular pero sólo le salía esa sonrisilla tonta que se le pone a uno cuando sabe que lo han pillado. Al ver que Elena se acercaba a pedir a la barra, Paula se aseguró de ser ella quien la atendiera. Elena los saludó con un 'hola chicos' muy efusivo y mirando a Paula dijo; -ponme una media pinta de sidra de barril. Hace un frío horrible hoy.
-Puedes arrimarte a la chimenea, la tenemos encendida. Bueno, si hay sitio... ¿Cuántos sois? Te busco una mesa.- Paula miró hacia el fondo del bar para localizar mesas libres pero no hizo falta.
-He venido sola. Todo el mundo anda enfundado en una batamanta pero a mí me apetecía salir un rato.- Y entonces, se quedó libre una banqueta en la barra y Elena se sentó allí para alegría de Paula.
     La noche transcurría tranquila y se iba acercando la hora de cierre. Fuera llovía, no con mucha intensidad pero que hacía necesario el uso de paraguas. Elena se levantó, se puso su abrigo y su bufanda y sacó el monedero para pagar.
-Estás invitada,- dijo Paula. -Es lo menos que puedo hacer por haberte hecho aguantar ahí sentada sola sin así darte conversación.
-No importa, las vistas muy agradables y el servicio aún mejor.
     Con el bar ya cerrado, Paula quiso buscar un paraguas en la trastienda.
-Sólo tengo uno,- gritó Paula, -pero puedes usarlo tú; yo vivo aquí cerca.- Cuando Paula se dio la vuelta, Elena estaba justo detrás de ella, mirándola en silencio. Elena no dijo nada, sólo apartó un mechón perdido que cruzaba la cara de Paula.
-Llevaba una horquilla pero la he perdido, dijo ella.
-Yo también las pierdo,- dijo Elena casi en un susurro. En medio de aquella conversación absurda ya no había espacio físico entre ellas. Podían respirarse los alientos. Sentían una atracción física casi insostenible. El primer beso fue más un roce de labios, una exploración de la boca ajena y una delicada correspondencia. El paraguas quedó olvidado y se fueron empapando de besos y lluvia hasta la casa de Paula. Casi no hablaban; con gestos y miradas se entendían. Paula comenzó a tocarla hundiéndose en su pelo y en sus cuello.
-Si no quieres que siga, dímelo.- Paula lo preguntó casi con preocupación, como si estuvieran traspasando fronteras prohibidas.
-¿Acaso me he quejado en algún momento? Si no quisiera esto, no te habría dejado que me metieras mano mientras me besabas. Continúa por donde lo has dejado...
Elena se quitó la blusa dejando a la vista un sujetador de color chocolate de encaje. Se besaban y se desnudaban mutuamente, hasta que ya no hubo nada que quitar.
Elena estaba desnuda, tumbada bocabajo y Paula subía y bajaba por su espalda frotando sus pechos contra ella, lamiendo su cuello con mucha dulzura. Elena se dio la vuelta quedando frente a ella y Paula entre sus piernas. Quería más. Buscaba la boca de Paula con provocación, usurpando su lengua. Bebían la una de la otra con sed en cada trozo de piel. Paula se frotaba contra una de las rodillas de Elena y con una mano la masturbaba. Y entonces, se perdieron en el abismo. Un abismo mojado de sexo y lluvia, con labios de cereza y la cabeza pelirroja de Paula sumergida en los rizos de Elena.
     Ya por la mañana, Elena se despertó sola. Encontró una nota que decía: 'Estoy en el bar, puedes usar la ducha,... Paula'. Así que, se duchó y bajó al bar. Al entrar no vio a nadie, solamente un café solo en vaso de whiskey con otra nota; 'Si prefieres un té, pasa a la trastienda...' Y Elena se quitó el abrigo, y con una sonrisa pícara cruzó la barra y entró en la trastienda.
-Me harás el té, pero primero continúa por donde lo has dejado,- dijo Elena. Y volvieron a perderse en el abismo.

                                                         Juls, 4 de septiembre de 2016
    

domingo, 4 de septiembre de 2016

LAS MANOS

     Después de cada orgasmo sentía frío. Se subió las bragas y se tapó con la sábana hasta la altura del pecho. Y se fue quedando dormida, a ratitos, porque se había tomado el último café más tarde de las ocho.
'Descafeinado', se dijo a sí misma. 'A partir de una hora concreta tiene que ser descafeinado, o no tomar café'.
Pero estaba demasiado sola y demasiado caliente para dormirse sin más. Hacía unos tres meses que no veía a Martín, una especie de amigo o rollo extraño que conoció en la universidad, y con el que había estado liada. Las manos de Martín. Esas manos. Manos fuertes y curtidas por el trabajo de arqueólogo, pero que en la intimidad con ella sólo descubrían sus caderas. El sexo con él podía volverse tan primitivo como una pintura rupestre, o tan romántico y sensual como la 'odalisca' de Ingres. Recordar aquellos momentos con Martín la encendía, la provocaba, y consolarse a sí misma era la única solución en la soledad de su cama. Y en medio de aquella satisfacción física plena, se fue quedando dormida, tapada con la sábana, las bragas bajadas de nuevo y con whatsapp de Martín vibrando en su móvil.

                                   Juls, 31 de agosto de 2016

PLAZA DE SANTA ANA



     Podría dejar que me tocaras, pero no lo haré. Sé que te mueres por besarme, pero no me robarás ni un sólo beso. ¿Por qué habría de hacerlo? Flirteas conmigo porque guardas la esperanza; una esperanza dibujada entre mis piernas. Yo también quiero tocarte y morderte la boca pero serías un loco y un necio si me dejaras siquiera acercarme. No podemos darnos lo que deseamos. Y lo sabemos los dos. Sin embargo, por algún motivo que desconozco y que se escapa a mi control, estoy aquí contigo, en pleno barrio de las letras, buscando que sigas flirteando conmigo. ¿Por qué habría de dejar que me besaras? Porque ya lo estás haciendo. Riegas mi mente con versos medievales  mi cuello con tu lengua y con tu barba de dos días. Esa barba que me irrita la piel dejando marcas de pasión. Al separarnos sólo se escucha nuestra respiración agitada. Mi piel está irritada y tus labios hinchados por mis mordiscos. Besos de vino blanco y barba de dos días. Eso es todo a lo que podemos aspirar. Aquí, en una esquina oscura del barrio de las letras de Madrid. Hasta el siguiente verso. 

                                                   Juls, 30 de agosto de 2016