Elena tomaba su café solo, todas las mañanas antes de ir a trabajar, y Paula se lo servía con ojos brillantes, deseosa de que al ponérselo, hubiera la posibilidad remota de siquiera rozar su mano.
Aquella mañana de invierno, Elena entró en la cafetería como de costumbre pero esta vez pidió un té con limón.
-Tomo demasiado café,- dijo Elena. -Quiero cambiar de hábitos. Paula le sonrió y le puso el té.
-Mientras cambies tus hábitos y no cambies tú, todo está bien. Paula lanzó aquella frase mirándola a los ojos y Elena se sonrojó sin decir nada, se bebió el té y se fue.
Hacía tanto tiempo que Paula no estaba con nadie que ya casi había olvidado lo que se sentía. En el sofá de su casa se acordaba de Elena entrando en su bar, con su pelo rizado, las mejillas sonrosadas por el frío y aquel abrigo de segunda mano que estilizaba tan perfectamente su figura. Se acordaba mientras se tocaba, y tras haberse corrido, pensaba que no era más que una cliente más de tantas que pasaban por su bar y que no estaba a su alcance.
Los viernes por la noche el bar se llenaba de gente. Paula y sus camareros curraban a destajo. Entonces, en medio de aquella multitud ruidosa reconoció su melena rizada negra como el ébano y aquellas mejillas sonrosadas. Ojos color miel ahumados con un maquillaje sutil y labios de cereza. Uno de los camareros se acercó a Paula y le dio un codazo.
-Ahí la tienes, radiante,- dijo el camarero. Paula quiso disimular pero sólo le salía esa sonrisilla tonta que se le pone a uno cuando sabe que lo han pillado. Al ver que Elena se acercaba a pedir a la barra, Paula se aseguró de ser ella quien la atendiera. Elena los saludó con un 'hola chicos' muy efusivo y mirando a Paula dijo; -ponme una media pinta de sidra de barril. Hace un frío horrible hoy.
-Puedes arrimarte a la chimenea, la tenemos encendida. Bueno, si hay sitio... ¿Cuántos sois? Te busco una mesa.- Paula miró hacia el fondo del bar para localizar mesas libres pero no hizo falta.
-He venido sola. Todo el mundo anda enfundado en una batamanta pero a mí me apetecía salir un rato.- Y entonces, se quedó libre una banqueta en la barra y Elena se sentó allí para alegría de Paula.
La noche transcurría tranquila y se iba acercando la hora de cierre. Fuera llovía, no con mucha intensidad pero que hacía necesario el uso de paraguas. Elena se levantó, se puso su abrigo y su bufanda y sacó el monedero para pagar.
-Estás invitada,- dijo Paula. -Es lo menos que puedo hacer por haberte hecho aguantar ahí sentada sola sin así darte conversación.
-No importa, las vistas muy agradables y el servicio aún mejor.
Con el bar ya cerrado, Paula quiso buscar un paraguas en la trastienda.
-Sólo tengo uno,- gritó Paula, -pero puedes usarlo tú; yo vivo aquí cerca.- Cuando Paula se dio la vuelta, Elena estaba justo detrás de ella, mirándola en silencio. Elena no dijo nada, sólo apartó un mechón perdido que cruzaba la cara de Paula.
-Llevaba una horquilla pero la he perdido, dijo ella.
-Yo también las pierdo,- dijo Elena casi en un susurro. En medio de aquella conversación absurda ya no había espacio físico entre ellas. Podían respirarse los alientos. Sentían una atracción física casi insostenible. El primer beso fue más un roce de labios, una exploración de la boca ajena y una delicada correspondencia. El paraguas quedó olvidado y se fueron empapando de besos y lluvia hasta la casa de Paula. Casi no hablaban; con gestos y miradas se entendían. Paula comenzó a tocarla hundiéndose en su pelo y en sus cuello.
-Si no quieres que siga, dímelo.- Paula lo preguntó casi con preocupación, como si estuvieran traspasando fronteras prohibidas.
-¿Acaso me he quejado en algún momento? Si no quisiera esto, no te habría dejado que me metieras mano mientras me besabas. Continúa por donde lo has dejado...
Elena se quitó la blusa dejando a la vista un sujetador de color chocolate de encaje. Se besaban y se desnudaban mutuamente, hasta que ya no hubo nada que quitar.
Elena estaba desnuda, tumbada bocabajo y Paula subía y bajaba por su espalda frotando sus pechos contra ella, lamiendo su cuello con mucha dulzura. Elena se dio la vuelta quedando frente a ella y Paula entre sus piernas. Quería más. Buscaba la boca de Paula con provocación, usurpando su lengua. Bebían la una de la otra con sed en cada trozo de piel. Paula se frotaba contra una de las rodillas de Elena y con una mano la masturbaba. Y entonces, se perdieron en el abismo. Un abismo mojado de sexo y lluvia, con labios de cereza y la cabeza pelirroja de Paula sumergida en los rizos de Elena.
Ya por la mañana, Elena se despertó sola. Encontró una nota que decía: 'Estoy en el bar, puedes usar la ducha,... Paula'. Así que, se duchó y bajó al bar. Al entrar no vio a nadie, solamente un café solo en vaso de whiskey con otra nota; 'Si prefieres un té, pasa a la trastienda...' Y Elena se quitó el abrigo, y con una sonrisa pícara cruzó la barra y entró en la trastienda.
-Me harás el té, pero primero continúa por donde lo has dejado,- dijo Elena. Y volvieron a perderse en el abismo.
Juls, 4 de septiembre de 2016
Una historia muy hermosa y sensual :) Echaré un vistazo al capítulo anterior.
ResponderEliminar