Literatura para los sentidos, para el corazón, para ruborizarte, para encandalizarte... O no,...
domingo, 25 de septiembre de 2016
sábado, 24 de septiembre de 2016
SILLÓN OREJERO
A veces pienso en ti. No puedo evitarlo. Escucho esa canción o veo aquella película por cuarta vez y me acuerdo de ti. Te pienso por lo que pudo ser y no fue. Te pienso con mi mente, con mis piernas y mis manos. Llego muy cansada a casa; me ducho y me pongo un culote y una camiseta. Comodidad ante todo. Y me siento en mi sillón orejero recién comprado con un cojín de esos amorosos y súper suaves. A veces pienso en ti sentada en mi sillón orejero y me toco mientras lo hago. Muy despacio al principio porque no hay prisa. Me voy recolocando sobre el sillón, abriendo las piernas y colgando una sobre el reposabrazos. Y cuando me doy cuenta el culote está húmedo y es entonces cuando llega la prisa. Y después de la prisa, el ansia. Y tras el ansia, más humedad. Y cuanta más humedad, más ganas. Y cuantas más ganas, más prisa, más ansia y más humedad.... Y cuanto más... de todo, más,..... Gemidos ahogados en el sillón, repantingada sobre el como si me viniera pequeño. A veces te pienso con mi cuerpo... Se me ha caído el cojín.
Juls, 25 de septiembre de 2016
Juls, 25 de septiembre de 2016
martes, 20 de septiembre de 2016
HASTA QUE DUELA
Soy un hombre de ideas fijas, pero cuando te vi me pusiste patas arriba. Desordenaste mi vida y mi cama. Desde aquella noche en el parador, no hay un sólo día en que me levante sin pensar en ti y en tu cuerpo. Fuimos como un puzle en el que la piezas encaban a la perfección. Nos tocarnos como si nos conociéramos de siempre, como si mis manos tuvieran memorizados cada trozo de piel. Como ir al trabajo cada día, y que tus pies te lleven por inercia porque es el camino que han recorrido una y mil veces. A veces me despierto con una erección de esas que no pueden esperar. Pero tú no estás conmigo. ¿Y si sólo nos vemos para follar? Y qué. Qué más da. No somos ni los primeros que lo hacen ni los últimos que lo harán. Pero lo cierto es que estoy enganchado a ti. Una vez al mes en el parador y un 'de vez en cuando' aquí ya no me sirven. Te quiero aquí todos los días. Quiero hacerlo contigo en todas partes, por la mañana, después de comer, antes de cenar, cuando suena el despertador. Cogerte en volandas y que me pidas más... Quiero que lo hagamos hasta que nos duela.
¿Y si sólo nos vemos para follar?....... ¿O vas a ordenar mis ideas?...
Juls, 21 de septiembre de 2016
¿Y si sólo nos vemos para follar?....... ¿O vas a ordenar mis ideas?...
Juls, 21 de septiembre de 2016
domingo, 18 de septiembre de 2016
LA CAJA
No le gustaban las mudanzas; nada. Pero no le quedaba más remedio. En medio del aquel montón de cajas etiquetadas con rotulador gordo había una con el nombre de 'papeles rotos'. Esa caja no era suya, hasta el cartón era distinto. Tendría que llamar a los de la mudanza y decirles que se habían equivocado, y que le habían dejado una caja de otra persona por error. La apartó a un lado, no pesaba demasiado. Continuó colocando cosas y movió tres veces de sitio el sofá hasta que encontró el lugar perfecto.
Cada vez que pasaba cerca de la caja que no era suya la miraba de soslayo. Sentía curiosidad por saber cuál era el contenido. ¿Quién guardaba 'papeles rotos'? Los de la empresa de mudanzas enviarían a alguien a buscarla pero mientras tanto, con el fin de semana de por medio, la caja se quedaría en una esquina de su salón. Pero no pudo resistirse. Aguantó todo el día y finalmente, cogió el cutter, cortó el precinto y la abrió. Al levantar las solapas le vino un olor a viejo. Había varios montones de cartas y tres cuadernos. Ni un sólo papel roto. Cogió los montones de cartas y los ojeó. Se dio cuenta de que estaban colocadas por fechas; por meses, para ser más exactos. El primer montón databa del mes de julio y estaba atado con un lazo azul celeste. Lo desató y comenzó a leer la primera carta. -Puedo cotillear un poco y luego lo vuelvo a guardar todo tal y como estaba, nadie lo notará,- pensó para sí misma. Empezó a leer y sus ojos se abrieron como platos. Al principio aparentaba ser una bonita carta de amor pero el texto iba tomando otro cariz a medida que iba leyendo:
-...quisiera volver a verte desnudo, acercándote muy despacio a mis piernas y poder abrazarte con ellas,...- Cogió el montón de cartas y se fue al sofá para estar más cómoda. Le entró una sonrisilla tonta cual colegiala; y pretendía devolver la caja a su dueño,.... Pues claro que lo haría pero primero las leería. Aquello prometía.
-No veo el momento de contar los lunares de tu espalda,..... desnuda,..... sobre ti,....-
Cuando terminó de leer la primera carta abrió con ansia la segunda. Estaba claro por el remitente que había una respuesta a la primera.
-Encontré tu pendiente. Estaba en el suelo junto a la mesilla. Prometo tener más cuidado la próxima vez que te quite la ropa, pero es que no podía esperar más,..... Pd: mañana no traigas pendientes, sólo tu perfume y tus ganas.-
Acurrucada en el sofá empezó a sentirse incómoda. Leer aquello era provocarse un calentón a lo tonto. Las descripciones sexuales eran demasiado explícitas. Siguió leyendo hasta que acabó con los tres montones. Pero aún quedaban tres cuadernos. Se levantó del sofá para cogerlos y seguir leyendo. Los cuadernos recogían juegos eróticos y las caligrafías eran las mismas que las de las cartas. Le dieron las tres de la madrugada leyendo los cuadernos y volviendo a releer algunas de las misivas. En ese momento sentía deseos de tener a un hombre cerca que le hiciera todas aquellas cosas. Pero mira tú por donde, estaba sola porque el último con el que estuvo pasó sin pena ni gloria por su vida. Y allí, en el sofá, rodeada de cajas de mudanza y caliente de deseo sugestionada por aquel contenido epistolar, vio amanecer. A pesar de que era sábado, un chico de la empresa de mudanzas llamó a su puerta y disculpándose por el malentendido, le pidió la caja.
-Oh, lo siento,- dijo ella, -ha sido culpa mía; en realidad la caja era mía pero con tanto lío, todo manga por hombro pensé que era de otra persona. Pero no, es mía,- mintió, -siento haberle hecho venir en balde.- Y cerró la puerta, y con prisa y aún más deseo que por la noche, volvió a su sofá,....... a leer...
Juls, 19 de septiembre de 2016
Cada vez que pasaba cerca de la caja que no era suya la miraba de soslayo. Sentía curiosidad por saber cuál era el contenido. ¿Quién guardaba 'papeles rotos'? Los de la empresa de mudanzas enviarían a alguien a buscarla pero mientras tanto, con el fin de semana de por medio, la caja se quedaría en una esquina de su salón. Pero no pudo resistirse. Aguantó todo el día y finalmente, cogió el cutter, cortó el precinto y la abrió. Al levantar las solapas le vino un olor a viejo. Había varios montones de cartas y tres cuadernos. Ni un sólo papel roto. Cogió los montones de cartas y los ojeó. Se dio cuenta de que estaban colocadas por fechas; por meses, para ser más exactos. El primer montón databa del mes de julio y estaba atado con un lazo azul celeste. Lo desató y comenzó a leer la primera carta. -Puedo cotillear un poco y luego lo vuelvo a guardar todo tal y como estaba, nadie lo notará,- pensó para sí misma. Empezó a leer y sus ojos se abrieron como platos. Al principio aparentaba ser una bonita carta de amor pero el texto iba tomando otro cariz a medida que iba leyendo:
-...quisiera volver a verte desnudo, acercándote muy despacio a mis piernas y poder abrazarte con ellas,...- Cogió el montón de cartas y se fue al sofá para estar más cómoda. Le entró una sonrisilla tonta cual colegiala; y pretendía devolver la caja a su dueño,.... Pues claro que lo haría pero primero las leería. Aquello prometía.
-No veo el momento de contar los lunares de tu espalda,..... desnuda,..... sobre ti,....-
Cuando terminó de leer la primera carta abrió con ansia la segunda. Estaba claro por el remitente que había una respuesta a la primera.
-Encontré tu pendiente. Estaba en el suelo junto a la mesilla. Prometo tener más cuidado la próxima vez que te quite la ropa, pero es que no podía esperar más,..... Pd: mañana no traigas pendientes, sólo tu perfume y tus ganas.-
Acurrucada en el sofá empezó a sentirse incómoda. Leer aquello era provocarse un calentón a lo tonto. Las descripciones sexuales eran demasiado explícitas. Siguió leyendo hasta que acabó con los tres montones. Pero aún quedaban tres cuadernos. Se levantó del sofá para cogerlos y seguir leyendo. Los cuadernos recogían juegos eróticos y las caligrafías eran las mismas que las de las cartas. Le dieron las tres de la madrugada leyendo los cuadernos y volviendo a releer algunas de las misivas. En ese momento sentía deseos de tener a un hombre cerca que le hiciera todas aquellas cosas. Pero mira tú por donde, estaba sola porque el último con el que estuvo pasó sin pena ni gloria por su vida. Y allí, en el sofá, rodeada de cajas de mudanza y caliente de deseo sugestionada por aquel contenido epistolar, vio amanecer. A pesar de que era sábado, un chico de la empresa de mudanzas llamó a su puerta y disculpándose por el malentendido, le pidió la caja.
-Oh, lo siento,- dijo ella, -ha sido culpa mía; en realidad la caja era mía pero con tanto lío, todo manga por hombro pensé que era de otra persona. Pero no, es mía,- mintió, -siento haberle hecho venir en balde.- Y cerró la puerta, y con prisa y aún más deseo que por la noche, volvió a su sofá,....... a leer...
Juls, 19 de septiembre de 2016
sábado, 10 de septiembre de 2016
LA PIEL ROZADA
No puedo esperar a rozarme contigo. Me pone nerviosa pensarme en tu cama con tan solo el aire entre los dos. Me pone nerviosa pensarme encima de ti. No veo el momento de que me toques, de que me tengas,... No veo el momento de que lo hagamos con ansia y con prisa; comernos la boca al compás de tus envestidas, y al terminar reírnos al darnos cuenta de que ni siquiera nos hemos desnudado. No puedo esperar y por eso te busco con miradas furtivas, pasando disimuladamente a tu lado, haciendo como que no te veo pero provocando a tus sentidos. Me pone nerviosa pensar que quiero rozarme contigo y tenerte entre mis muslos, y que al día siguiente sienta mis caderas deliciosamente doloridas,...
Ven,... vamos a rozarnos,...
Juls, 11 de septiembre de 2016
Ven,... vamos a rozarnos,...
Juls, 11 de septiembre de 2016
lunes, 5 de septiembre de 2016
BESOS Y LLUVIA CAP. I
Elena tomaba su café solo, todas las mañanas antes de ir a trabajar, y Paula se lo servía con ojos brillantes, deseosa de que al ponérselo, hubiera la posibilidad remota de siquiera rozar su mano.
Aquella mañana de invierno, Elena entró en la cafetería como de costumbre pero esta vez pidió un té con limón.
-Tomo demasiado café,- dijo Elena. -Quiero cambiar de hábitos. Paula le sonrió y le puso el té.
-Mientras cambies tus hábitos y no cambies tú, todo está bien. Paula lanzó aquella frase mirándola a los ojos y Elena se sonrojó sin decir nada, se bebió el té y se fue.
Hacía tanto tiempo que Paula no estaba con nadie que ya casi había olvidado lo que se sentía. En el sofá de su casa se acordaba de Elena entrando en su bar, con su pelo rizado, las mejillas sonrosadas por el frío y aquel abrigo de segunda mano que estilizaba tan perfectamente su figura. Se acordaba mientras se tocaba, y tras haberse corrido, pensaba que no era más que una cliente más de tantas que pasaban por su bar y que no estaba a su alcance.
Los viernes por la noche el bar se llenaba de gente. Paula y sus camareros curraban a destajo. Entonces, en medio de aquella multitud ruidosa reconoció su melena rizada negra como el ébano y aquellas mejillas sonrosadas. Ojos color miel ahumados con un maquillaje sutil y labios de cereza. Uno de los camareros se acercó a Paula y le dio un codazo.
-Ahí la tienes, radiante,- dijo el camarero. Paula quiso disimular pero sólo le salía esa sonrisilla tonta que se le pone a uno cuando sabe que lo han pillado. Al ver que Elena se acercaba a pedir a la barra, Paula se aseguró de ser ella quien la atendiera. Elena los saludó con un 'hola chicos' muy efusivo y mirando a Paula dijo; -ponme una media pinta de sidra de barril. Hace un frío horrible hoy.
-Puedes arrimarte a la chimenea, la tenemos encendida. Bueno, si hay sitio... ¿Cuántos sois? Te busco una mesa.- Paula miró hacia el fondo del bar para localizar mesas libres pero no hizo falta.
-He venido sola. Todo el mundo anda enfundado en una batamanta pero a mí me apetecía salir un rato.- Y entonces, se quedó libre una banqueta en la barra y Elena se sentó allí para alegría de Paula.
La noche transcurría tranquila y se iba acercando la hora de cierre. Fuera llovía, no con mucha intensidad pero que hacía necesario el uso de paraguas. Elena se levantó, se puso su abrigo y su bufanda y sacó el monedero para pagar.
-Estás invitada,- dijo Paula. -Es lo menos que puedo hacer por haberte hecho aguantar ahí sentada sola sin así darte conversación.
-No importa, las vistas muy agradables y el servicio aún mejor.
Con el bar ya cerrado, Paula quiso buscar un paraguas en la trastienda.
-Sólo tengo uno,- gritó Paula, -pero puedes usarlo tú; yo vivo aquí cerca.- Cuando Paula se dio la vuelta, Elena estaba justo detrás de ella, mirándola en silencio. Elena no dijo nada, sólo apartó un mechón perdido que cruzaba la cara de Paula.
-Llevaba una horquilla pero la he perdido, dijo ella.
-Yo también las pierdo,- dijo Elena casi en un susurro. En medio de aquella conversación absurda ya no había espacio físico entre ellas. Podían respirarse los alientos. Sentían una atracción física casi insostenible. El primer beso fue más un roce de labios, una exploración de la boca ajena y una delicada correspondencia. El paraguas quedó olvidado y se fueron empapando de besos y lluvia hasta la casa de Paula. Casi no hablaban; con gestos y miradas se entendían. Paula comenzó a tocarla hundiéndose en su pelo y en sus cuello.
-Si no quieres que siga, dímelo.- Paula lo preguntó casi con preocupación, como si estuvieran traspasando fronteras prohibidas.
-¿Acaso me he quejado en algún momento? Si no quisiera esto, no te habría dejado que me metieras mano mientras me besabas. Continúa por donde lo has dejado...
Elena se quitó la blusa dejando a la vista un sujetador de color chocolate de encaje. Se besaban y se desnudaban mutuamente, hasta que ya no hubo nada que quitar.
Elena estaba desnuda, tumbada bocabajo y Paula subía y bajaba por su espalda frotando sus pechos contra ella, lamiendo su cuello con mucha dulzura. Elena se dio la vuelta quedando frente a ella y Paula entre sus piernas. Quería más. Buscaba la boca de Paula con provocación, usurpando su lengua. Bebían la una de la otra con sed en cada trozo de piel. Paula se frotaba contra una de las rodillas de Elena y con una mano la masturbaba. Y entonces, se perdieron en el abismo. Un abismo mojado de sexo y lluvia, con labios de cereza y la cabeza pelirroja de Paula sumergida en los rizos de Elena.
Ya por la mañana, Elena se despertó sola. Encontró una nota que decía: 'Estoy en el bar, puedes usar la ducha,... Paula'. Así que, se duchó y bajó al bar. Al entrar no vio a nadie, solamente un café solo en vaso de whiskey con otra nota; 'Si prefieres un té, pasa a la trastienda...' Y Elena se quitó el abrigo, y con una sonrisa pícara cruzó la barra y entró en la trastienda.
-Me harás el té, pero primero continúa por donde lo has dejado,- dijo Elena. Y volvieron a perderse en el abismo.
Juls, 4 de septiembre de 2016
Aquella mañana de invierno, Elena entró en la cafetería como de costumbre pero esta vez pidió un té con limón.
-Tomo demasiado café,- dijo Elena. -Quiero cambiar de hábitos. Paula le sonrió y le puso el té.
-Mientras cambies tus hábitos y no cambies tú, todo está bien. Paula lanzó aquella frase mirándola a los ojos y Elena se sonrojó sin decir nada, se bebió el té y se fue.
Hacía tanto tiempo que Paula no estaba con nadie que ya casi había olvidado lo que se sentía. En el sofá de su casa se acordaba de Elena entrando en su bar, con su pelo rizado, las mejillas sonrosadas por el frío y aquel abrigo de segunda mano que estilizaba tan perfectamente su figura. Se acordaba mientras se tocaba, y tras haberse corrido, pensaba que no era más que una cliente más de tantas que pasaban por su bar y que no estaba a su alcance.
Los viernes por la noche el bar se llenaba de gente. Paula y sus camareros curraban a destajo. Entonces, en medio de aquella multitud ruidosa reconoció su melena rizada negra como el ébano y aquellas mejillas sonrosadas. Ojos color miel ahumados con un maquillaje sutil y labios de cereza. Uno de los camareros se acercó a Paula y le dio un codazo.
-Ahí la tienes, radiante,- dijo el camarero. Paula quiso disimular pero sólo le salía esa sonrisilla tonta que se le pone a uno cuando sabe que lo han pillado. Al ver que Elena se acercaba a pedir a la barra, Paula se aseguró de ser ella quien la atendiera. Elena los saludó con un 'hola chicos' muy efusivo y mirando a Paula dijo; -ponme una media pinta de sidra de barril. Hace un frío horrible hoy.
-Puedes arrimarte a la chimenea, la tenemos encendida. Bueno, si hay sitio... ¿Cuántos sois? Te busco una mesa.- Paula miró hacia el fondo del bar para localizar mesas libres pero no hizo falta.
-He venido sola. Todo el mundo anda enfundado en una batamanta pero a mí me apetecía salir un rato.- Y entonces, se quedó libre una banqueta en la barra y Elena se sentó allí para alegría de Paula.
La noche transcurría tranquila y se iba acercando la hora de cierre. Fuera llovía, no con mucha intensidad pero que hacía necesario el uso de paraguas. Elena se levantó, se puso su abrigo y su bufanda y sacó el monedero para pagar.
-Estás invitada,- dijo Paula. -Es lo menos que puedo hacer por haberte hecho aguantar ahí sentada sola sin así darte conversación.
-No importa, las vistas muy agradables y el servicio aún mejor.
Con el bar ya cerrado, Paula quiso buscar un paraguas en la trastienda.
-Sólo tengo uno,- gritó Paula, -pero puedes usarlo tú; yo vivo aquí cerca.- Cuando Paula se dio la vuelta, Elena estaba justo detrás de ella, mirándola en silencio. Elena no dijo nada, sólo apartó un mechón perdido que cruzaba la cara de Paula.
-Llevaba una horquilla pero la he perdido, dijo ella.
-Yo también las pierdo,- dijo Elena casi en un susurro. En medio de aquella conversación absurda ya no había espacio físico entre ellas. Podían respirarse los alientos. Sentían una atracción física casi insostenible. El primer beso fue más un roce de labios, una exploración de la boca ajena y una delicada correspondencia. El paraguas quedó olvidado y se fueron empapando de besos y lluvia hasta la casa de Paula. Casi no hablaban; con gestos y miradas se entendían. Paula comenzó a tocarla hundiéndose en su pelo y en sus cuello.
-Si no quieres que siga, dímelo.- Paula lo preguntó casi con preocupación, como si estuvieran traspasando fronteras prohibidas.
-¿Acaso me he quejado en algún momento? Si no quisiera esto, no te habría dejado que me metieras mano mientras me besabas. Continúa por donde lo has dejado...
Elena se quitó la blusa dejando a la vista un sujetador de color chocolate de encaje. Se besaban y se desnudaban mutuamente, hasta que ya no hubo nada que quitar.
Elena estaba desnuda, tumbada bocabajo y Paula subía y bajaba por su espalda frotando sus pechos contra ella, lamiendo su cuello con mucha dulzura. Elena se dio la vuelta quedando frente a ella y Paula entre sus piernas. Quería más. Buscaba la boca de Paula con provocación, usurpando su lengua. Bebían la una de la otra con sed en cada trozo de piel. Paula se frotaba contra una de las rodillas de Elena y con una mano la masturbaba. Y entonces, se perdieron en el abismo. Un abismo mojado de sexo y lluvia, con labios de cereza y la cabeza pelirroja de Paula sumergida en los rizos de Elena.
Ya por la mañana, Elena se despertó sola. Encontró una nota que decía: 'Estoy en el bar, puedes usar la ducha,... Paula'. Así que, se duchó y bajó al bar. Al entrar no vio a nadie, solamente un café solo en vaso de whiskey con otra nota; 'Si prefieres un té, pasa a la trastienda...' Y Elena se quitó el abrigo, y con una sonrisa pícara cruzó la barra y entró en la trastienda.
-Me harás el té, pero primero continúa por donde lo has dejado,- dijo Elena. Y volvieron a perderse en el abismo.
Juls, 4 de septiembre de 2016
domingo, 4 de septiembre de 2016
LAS MANOS
Después de cada orgasmo sentía frío. Se subió las bragas y se tapó con la sábana hasta la altura del pecho. Y se fue quedando dormida, a ratitos, porque se había tomado el último café más tarde de las ocho.
'Descafeinado', se dijo a sí misma. 'A partir de una hora concreta tiene que ser descafeinado, o no tomar café'.
Pero estaba demasiado sola y demasiado caliente para dormirse sin más. Hacía unos tres meses que no veía a Martín, una especie de amigo o rollo extraño que conoció en la universidad, y con el que había estado liada. Las manos de Martín. Esas manos. Manos fuertes y curtidas por el trabajo de arqueólogo, pero que en la intimidad con ella sólo descubrían sus caderas. El sexo con él podía volverse tan primitivo como una pintura rupestre, o tan romántico y sensual como la 'odalisca' de Ingres. Recordar aquellos momentos con Martín la encendía, la provocaba, y consolarse a sí misma era la única solución en la soledad de su cama. Y en medio de aquella satisfacción física plena, se fue quedando dormida, tapada con la sábana, las bragas bajadas de nuevo y con whatsapp de Martín vibrando en su móvil.
Juls, 31 de agosto de 2016
'Descafeinado', se dijo a sí misma. 'A partir de una hora concreta tiene que ser descafeinado, o no tomar café'.
Pero estaba demasiado sola y demasiado caliente para dormirse sin más. Hacía unos tres meses que no veía a Martín, una especie de amigo o rollo extraño que conoció en la universidad, y con el que había estado liada. Las manos de Martín. Esas manos. Manos fuertes y curtidas por el trabajo de arqueólogo, pero que en la intimidad con ella sólo descubrían sus caderas. El sexo con él podía volverse tan primitivo como una pintura rupestre, o tan romántico y sensual como la 'odalisca' de Ingres. Recordar aquellos momentos con Martín la encendía, la provocaba, y consolarse a sí misma era la única solución en la soledad de su cama. Y en medio de aquella satisfacción física plena, se fue quedando dormida, tapada con la sábana, las bragas bajadas de nuevo y con whatsapp de Martín vibrando en su móvil.
Juls, 31 de agosto de 2016
PLAZA DE SANTA ANA
Podría dejar que me tocaras, pero no lo haré. Sé que te mueres por besarme, pero no me robarás ni un sólo beso. ¿Por qué habría de hacerlo? Flirteas conmigo porque guardas la esperanza; una esperanza dibujada entre mis piernas. Yo también quiero tocarte y morderte la boca pero serías un loco y un necio si me dejaras siquiera acercarme. No podemos darnos lo que deseamos. Y lo sabemos los dos. Sin embargo, por algún motivo que desconozco y que se escapa a mi control, estoy aquí contigo, en pleno barrio de las letras, buscando que sigas flirteando conmigo. ¿Por qué habría de dejar que me besaras? Porque ya lo estás haciendo. Riegas mi mente con versos medievales mi cuello con tu lengua y con tu barba de dos días. Esa barba que me irrita la piel dejando marcas de pasión. Al separarnos sólo se escucha nuestra respiración agitada. Mi piel está irritada y tus labios hinchados por mis mordiscos. Besos de vino blanco y barba de dos días. Eso es todo a lo que podemos aspirar. Aquí, en una esquina oscura del barrio de las letras de Madrid. Hasta el siguiente verso.
Juls, 30 de agosto de 2016
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