jueves, 22 de diciembre de 2016

BESOS Y LLUVIA, CAP. IV

     Paula se desangraba por dentro. Habían pasado nueve meses desde que Elena se había ido de su vida sin más explicación que una nota, tan vacía de contenido como el alma de Paula desde su marcha. Las horas en el bar se hacían eternas. Se levantaba por las mañanas casi de forma mecánica, se iba al trabajo sin desayunar y así comenzaba su rutina. Y todos los días eran iguales, porque todos los días le faltaba Elena. Faltaba con su café solo en el bar, faltaba por las tardes al salir del trabajo y al ir a buscarla para merendar tortitas, faltaba en su casa y en su cama. A Paula le faltaba Elena. Esa Elena coqueta que le cambiaba el maquillaje de sitio, la misma que había dormido a pierna suelta después de haber tenido un sexo desenfrenado y apasionado. Paula añoraba sus manos, sus mejillas sonrosadas por el frío, sus labios de cereza y su melena de azabache. Echaba de menos su cuerpo y su olor. La quería. Había empezado a quererla desde la primera vez que entró en su bar. La quería sin miedos, por encima de todas las cosas, la quería tanto que le dolía, pero ella se había ido.
De pronto, Paula se sintió despechada. Despechada, dolida, humillada, ofendida y ridiculizada. Le había dado todo y Elena se lo había tirado a la cara. Comenzó a pensar que Elena la había utilizado para follar a su antojo, y que nunca la había querido. Paula empezó a respirar cada vez más rápido. Sentía una rabia interior difícil de controlar. De un manotazo, lanzó una hilera de vasos de pinta al suelo provocando un ruido estruendoso. El bar aún estaba cerrado al público pero Carlos, el camarero salió de la trastienda corriendo, gritando el nombre de Paula.
-¿Estás bien?,- preguntó Carlos cogiéndola de un hombro.
-Deberías irte a casa o cogerte unos días libres Paula, esto ya es demasiado,- dijo Carlos mientras recogía los trozos grandes de cristales del suelo intentando no pisarlos. -No estás bien y lo sabes.
-Ninguna zorra me mangonea y luego se pira como si nada...- El comentario se escapó de los labios de Paula casi quemándole la boca, escupiéndolo entre dientes.
-Yo no la he nombrado, eso demuestra mi diagnóstico; no estás bien. Llevas mal muchos meses y no puedes seguir así.- Carlos hacía el papel de hermano mayor, como de costumbre. Cuidaba de Paula con el mimo de una madre y la aconsejaba con el cariño de un amigo. Paula contestó tajante y seca.
-Yo decido cuando necesito vacaciones. Cuando termines de recoger eso cambia el barril de Guinnes, ayer no nos dio tiempo.

     El resto del día casi no hablaron, limitaron su comunicación estrictamente a asuntos hosteleros, no había necesidad de cruzar más palabras. Y en algún momento de la noche de aquel viernes en el que la tensión se cortaba con una tijera, hizo su aparición en el bar la única persona capaz de remover las entrañas de Paula,.... Felipe. Su primer novio y con el que descubrió que tenía que salir del armario. Hacía más de un año que no lo veía; siempre fueron amigos, desde niños, y Felipe siempre había sentido una atracción sexual por Paula de esas que solo se pasan sucumbiendo. De pronto en la mente de Paula solo había dos palabras; sexo hetero. Durante un segundo le dio una medio arcada. Perdió su virginidad con Felipe pero aquello fue en la adolescencia. Sin embargo, el recuerdo de Elena estaba allí presente, en su mente, en su corazón y entre sus piernas. Estaba rabiosa y despechada. Elena la había utilizado como un pañuelo de usar y tirar. Y entonces Paula volvió a tener diecisiete años. Se acercó a Felipe y lo saludó con dos sonoros besos en la mejilla, mientras le ofrecía algo de beber. Felipe era uno de esos tíos con fama de empotrador, que no era extremadamente guapo pero que sin embargo, poseía un atractivo irresistible. Había roto muchas bragas por ahí y algún que otro corazoncito. Y no hubo más que decir. Paula y Felipe flirtearon toda la noche y llegado el momento del cierre se quedaron solos. Se leyeron las mentes, como los buenos amigos que se conocen bien.
-¿Desde cuándo te has vuelto hetero?- Felipe hizo la pregunta terriblemente cerca del oído de Paula.
-Hoy me apetece otra cosa,... Y a ti también...- Paula comenzó a tocarlo. pero no era creíble, a ella le gustaban las mujeres.  Pero cuando pensó que aquello era una estupidez hormonal guiada por el despecho, Felipe la cogió en volandas y la sentó sobre la barra del bar. No hubo más que decir. Cuando se dio cuenta, Paula estaba sin camiseta y Felipe hacía lo propio, y dos minutos después estaban en el suelo. Y allí, con lágrimas ahogadas, Paula se dejó penetrar salvajemente y una esquirla perdida de cristal se clavó en su espalda. Mientras tanto, fuera, bajo la lluvia, Elena miraba a través de la ventana, con el pelo chorreando, empapada y sin entender nada...

                     
                                       Juls, 22 de diciembre de 2016

jueves, 8 de diciembre de 2016

BESOS Y LLUVIA, CAP. III

     Paula usaba unas gafas de pasta graduadas, de esas negras estilo setentero. Se le resbalaban sobre la nariz sin remedio, obligándola a empujarlas hacia arriba a cada rato. Llevaba unos días con la vista cansada y era porque no usaba las gafas lo suficiente. Después de estar un rato largo en el ordenador se las quitó y se frotó los ojos. Miró hacia atrás y vio a Elena dormida sobre el sofá, con el mando de la tele en una mano y en la otra un pañuelo. Tenía un catarro de esos que parecen no terminar nunca y que la hacían dormir con la boca abierta porque no podía respirar por la nariz. Paula se acercó y la tapó con una manta. Le tocó los pies,.... Helados. Paula sonrió para sus adentros pensando que el día que los tuviera calientes repicarían todas las campanas del pueblo. Pensó en despertarla y llevarla a la cama pero le daba pena sacarla del calorcito del sofá. Se limitó a dejarla ahí y se fue a la cama. 
Fuera llovía con dureza. De hecho, llevaba lloviendo prácticamente toda la semana y no tenía de pinta de parar. Se metió en la cama sintiendo el olor de las sábanas limpias y se acurrucó bajo el nórdico quedándose dormida. Entonces, en medio del sopor de sentirse agustito, algo rompió su tranquilidad. Era Elena, empapada. Paula quiso darse la vuelta pero Elena no la dejó. 
-No te muevas... ¿Recuerdas cuando nos conocimos? Llovía..... -susurró Elena a su oído. 
Paula estaba estaba sorprendida,... La había dejado profundamente dormida en el sofá y una hora después estaba sobre su espalda, a horcajadas, mojadísima, moviéndose contra sus nalgas y acariciando su nuca y su cuello. 
-¿Podrías explicarme por que estás así de empapada? -preguntó Paula.
- Tienes un gato que está mal de la cabeza. Le gusta escaparse y salir bajo la lluvia y que yo tenga que ir detrás de el sólo porque me da pena verlo maullar chorreando.- Willy era el gato de Paula. Un gato pardo gordo y sobable, muy cariñoso, que no entendía que no se podía salir cuando llovía. 
-Jajajajajaja, ¿Has salido a buscar a Willy?.... Yo lo habría dejado ahí, para que aprenda. -Dijo Paula riéndose. ¿Y por dónde ha salido?,....
Pero Elena no prestaba ninguna atención a Paula, sólo se concentraba en tocarla, en besar su espalda, en provocarla. Paula notaba caer gotas del pelo de Elena sobre ella; sentía el contraste de temperatura sobre ella. La piel fría de Elena, su pelo mojado y el calor de sus muslos. Elena se balanceaba sobre su culo hundiendo sus manos entre el colchón y el pecho de Paula. Se perdía en la melena pelirroja de su víctima gimiendo. 
-Recuerdo tu boca, besarnos bajo la lluvia, meternos mano,... -Paula contestó así a la pregunta de Elena. 
-No voy a besarte, solo recuerda, y lo demás,... lo vamos viendo,... -Elena dijo aquello mientras introducía una mano en el interior de las bragas de Paula. Quería darse la vuelta, colocarse boca arriba pero Elena no la dejaba. Willy miraba desde la puerta de la habitación. Sus respiraciones agitadas y sus gemidos se perdían entre las bigas de madera del techo de la casa de Paula.
     Ya por la mañana, Elena se había ido. Paula se levantó de la cama y en su camino al baño encontró una nota de Elena. "Lo siento mucho, muchísimo, pero aunque estoy absolutamente perdida en ti,... no puedo continuar con esto"... Paula se quedó muda con el papel en la mano, apoyada sobre la pared del pasillo. De pronto sintió un frío estremecedor que le recorrió todo el cuerpo. Ella no se había dado cuenta pero fuera, en contra de todo pronóstico, había dejado de llover.