Ese sentimiento de querer ser tocada. Que te toquen con delicadeza y con ansia, con pasión que mate la desgana. A veces es más fuerte que tú; a veces, lo buscas,... Pero estás sola. No hay nadie al otro lado de la cama; en ningún lado de la cama y sólo entonces, te das cuenta de que unas manos en tu piel se convierten en una necesidad imperiosa. Sentir el olor de la piel ajena, la humedad de las lenguas, el calor al rozarse,... Cuerpo receptivo, piernas abiertas, caderas dispuestas,... Pero estás sola y lo único que provocas con esos pensamientos es excitarte más de la cuenta llevándote la mano a la entrepierna. Te buscas con los dedos donde otros te perdieron; tus manos encuentran lo que otras ni siquiera tocaron. Y te arrastras por el colchón entre gemidos, deshaciendo la cama y tirando de las sábanas con fuerza, porque el orgasmo te fulmina provocando una sacudida en tu interior, estirando los pies... Te agarras a las sábanas porque no hay nada ni nadie a lo que agarrarse en el momento del clímax. La ventana está abierta y entra frío. Te tapas. Esa necesidad de ser tocada... Con delicadeza y con ansia.
Juls, 20 de junio de 2017
Literatura para los sentidos, para el corazón, para ruborizarte, para encandalizarte... O no,...
lunes, 19 de junio de 2017
martes, 6 de junio de 2017
BATAS BLANCAS
El verano iba conquistando los últimos territorios a la primavera. Hacía demasiado calor para ser junio y se formaban tormentas de esas bochornosas que te hacen sudar sólo con moverte. Y ella sudaba. Mucho. Sobre todo por la cabeza, pero su trabajo no le permitía en ese momento quitarse ninguna prenda. Aquella tarde en que el cielo estaba ennegrecido por nubes de tormenta y el calor era insoportable, ella llevaba por encima de su ropa una bata blanca con un bolígrafo y un portaminas en el bolsillo superior y una libreta en el inferior, unos guantes blancos y una mascarilla que cubría su boca y su nariz, y sus gafas de pasta negras que se le iban resbalando por la cara. Y por supuesto, un pañuelo en la cabeza a la altura de la frente para evitar que el sudor le corriera por los ojos o goteara sobre el códice que estaba examinando. Tenía la espalda empapada y sentía la ropa pegada a su piel. Eso era lo que más odiaba del verano. Su pelo estaba recogido con una trenza de raíz que estaba mojada. De pronto, en el silencio del despacho, en medio de aquella concentración, sintió aún más calor por detrás de ella y unas manos firmes le apretaron la base del cuello provocándole un escalofrío. Con sumo cuidado ella posó la página del códice, se incorporó y se quitó la mascarilla al tiempo que se giraba para quedar de frente a su opresor. Él también sudaba. Llevaba otra de esas batas de laboratorio y al tenerlo tan cerca pudo oler esa mezcla entre su perfume habitual y el olor a la piedra vieja y húmeda tan típico de las criptas medievales. En algún momento las manos de él se colaron en el interior de la bata de ella apretando sus nalgas.
-Estoy sudando muchísimo, eres muy pesado. Estoy empapada, suéltame.- Ella pronunció aquellas palabras en un tono que prácticamente venía a significar 'deja de meterme mano pero tampoco me hagas caso y mete tu mano por donde quieras'.
-Enséñame lo empapada que estás,...- dijo él. Y se enredaron en un beso interminable y en caricias interminables. Fuera tronaba y llovía; la lluvia producía pompas de agua al llegar al suelo; llovía de forma inclemente, como inclementes eran las embestidas de él al penetrarla tirados en el suelo. Ella no sabía si gemía de dolor o de placer, o de las dos cosas. Sólo gemía y se agarraba a las patas de la mesa por encima de su cabeza y en medio de un relámpago eterno, se corrió. Y se quedaron allí enganchados, desnudos sobre las batas, teniendo como único testigo la lluvia y un códice del siglo XII.
-Apártate, me das un calor horrible,- dijo ella. Y él la miró con una sonrisa pícara. Después de un rato, el códice temblaba bajo la mesa. Hacía mucho calor.
Juls, 7 de junio de 2017
-Estoy sudando muchísimo, eres muy pesado. Estoy empapada, suéltame.- Ella pronunció aquellas palabras en un tono que prácticamente venía a significar 'deja de meterme mano pero tampoco me hagas caso y mete tu mano por donde quieras'.
-Enséñame lo empapada que estás,...- dijo él. Y se enredaron en un beso interminable y en caricias interminables. Fuera tronaba y llovía; la lluvia producía pompas de agua al llegar al suelo; llovía de forma inclemente, como inclementes eran las embestidas de él al penetrarla tirados en el suelo. Ella no sabía si gemía de dolor o de placer, o de las dos cosas. Sólo gemía y se agarraba a las patas de la mesa por encima de su cabeza y en medio de un relámpago eterno, se corrió. Y se quedaron allí enganchados, desnudos sobre las batas, teniendo como único testigo la lluvia y un códice del siglo XII.
-Apártate, me das un calor horrible,- dijo ella. Y él la miró con una sonrisa pícara. Después de un rato, el códice temblaba bajo la mesa. Hacía mucho calor.
Juls, 7 de junio de 2017
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