El estreno había sido todo un éxito. Siete minutos de aplausos con ovación continuada. El siglo Siglo de Oro siempre garantizaba el 'no hay localidades', pero si el elenco hacía bien su trabajo, la gloria sobre las tablas estaba asegurada.
En el camerino todo eran felicitaciones a los protagonistas y pasada una media hora se hizo el silencio. El teatro iba quedando en calma. A ella le habían regalado un ramo de rosas rojas que se había dejado detrás del escenario y fue a buscarlo. las flores estaban sobre una silla, junto a las cuerdas de la tramoya. Al acercarse pudo sentir el olor delas rosas frescas y el perfume de su compañero protagonista de escena. No lo veía, sólo había penumbra y perfume. Al coger el ramo y llevárselo a la nariz para oler las rosas, sintió un escalofrío pro la espalda. Dos manos se afanaban desde atrás, en sumergirse bajo las enaguas de su disfraz, y una boca ardiente y ansiosa besaba y lamía un cuello agitado. Soltó el ramo dejándolo caer al suelo. Se dio la vuelta buscando la boca de su amante. El alcalde de Zalamea buscaba justicia más allá de su personaje; quería justicia en su piel y en su sexo. En medio de la agitación llegó el sosiego, las ganas lentas,.. Pero duraba poco. Las manos se impacientaban, las piernas temblaban y las bocas ardían. El teatro estaba cerrado, oscuro y sólo se oían gemidos. Con un movimiento brusco el amante la zarandeó y la sentó en la silla sumergiendo su cara entre sus piernas. Apretaba sus muslos buscando su lengua. Ella se echó hacia atrás agarrándose a las cuerdas del decorado; sentía que le flaqueaba el cuerpo. Cuando estaba a punto de correrse la bajó de la silla al suelo y la penetró sin medida, sin casi darle a tiempo a asimilar el placer. Y se dejaron ir.
Al día siguiente el teatro cerraba en su día de descanso. No había nadie, sólo una silla de madera rosas por el suelo. Se había hecho justicia.
Juls, 25 de octubre de 2017